Salvador López Santiago
Opinión
La madrugada del 16 de septiembre representa una fecha emblemática para la sociedad mexicana, en virtud de que un día como ese, hace 205 años inició la guerra de independencia, movimiento a través del cual nuestro país se erigió como una nación soberana, libre e independiente. A propósito de esta fecha, cabe recordar que la causa insurgente tiene su origen en 1809 cuando en la ciudad de Querétaro, Miguel Hidalgo y Costilla comenzó a organizar una serie de reuniones en la que participaron Ignacio Allende, Juan Aldama, Miguel Domínguez y doña Josefa Ortiz de Domínguez.
Dichos encuentros fueron secretos porque en ellos se fraguaba desconocer a las autoridades virreinales para instalar en su lugar, una junta de gobierno provisional, hasta que fuera restablecido en el trono el monarca Fernando VII. Asimismo, tenían como objetivo conspirar para terminar con los abusos y arbitrariedades de los peninsulares hacia los mexicanos, ideas que rápidamente se extendieron a diversas ciudades, llegando incluso a la capital del país.
De esta forma, gradualmente se estaba forjando un plan bien definido, sin embargo, durante los primeros días de septiembre el movimiento fue descubierto y delatado, en consecuencia los independentistas se vieron obligados a precipitar las acciones planeadas. Así, el 15 de septiembre junto a Aldama, Allende, Vicente Lobo, José Cecilio Arteaga y otros próceres de la patria, Miguel Hidalgo se levantó en armas en contra de las autoridades del Virreinato.
La madrugada del 16 de septiembre comenzó el movimiento de independencia con más de 300 hombres liderados por Miguel Hidalgo que se dirigieron a Dolores y al pasar por Atotonilco, el denominado padre de la patria tomó una imagen de la Virgen de Guadalupe, la cual se convertiría en el estandarte y símbolo de aquel célebre día. La efervescencia del momento más el deseo de independencia, formaron un binomio indisoluble que derivó en la firme convicción de luchar por una nación sin sometimientos externos ni de ninguna naturaleza, una nación libre e independiente.
Este acontecimiento no es cosa menor, por el contrario, constituye parte fundamental de la identidad nacional, de ahí que desde 1823 -cuando los restos de los caudillos de independencia se trasladaron a la Catedral Metropolitana-, se ha dado el Grito de independencia en el Palacio Nacional, acto que se replica en las plazas centrales de las entidades, municipios y delegaciones que hay en el país. Sobre el particular, no podemos negar que ha habido años complejos como fue 1847 cuando la bandera de Estados Unidos ondeaba en el balcón central de Palacio Nacional, en 1910 cuando estaba por estallar la Revolución Mexicana e incluso este año, cuando las instituciones públicas atraviesan una grave crisis de legitimidad y confianza entre la población.
En relación a esta última consideración, en años recientes ya se ha vuelto costumbre que semanas antes al acto protocolario, haya objeciones y descontento en torno a su desarrollo –por medio de campañas en redes sociales, foros y manifestaciones-, situación que podemos o no compartir, pero que nunca debe llegar a traducirse en escenarios de violencia, ofensas e injurias -siempre debemos ser tolerantes a las ideas de los demás-, menciono esto porque más allá de la ceremonia y emisión de un mensaje, estoy convencido de que la mejor manera de expresar nuestra identidad nacional, es con nuestro comportamiento cotidiano, con el ejercicio de valores y con la empatía social.
Ni son traidores a la patria o vendidos quienes asisten a este tipo de actos, ni son anarquistas o intolerantes quienes no están de acuerdo con los mismos, simplemente es parte de la pluralidad que distingue a México, se trata de distintas visiones y convicciones -ambas válidas y respetables-. Días como este, deben unir y fortalecer, pero sobre todo, deben reafirmar nuestro orgullo de ser mexicanos e impulsarnos a ser mejores ciudadanos, profesionales, amigos…mejores personas.
Twitter: @sls1103
“Y tú, cómo vives las fiestas patrias”
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